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diciembre 14, 2011

Doña Miseria

 

Hay quienes piensan que este es un cuento de fantasía e incluso lo han atribuído a algún monje español que vivió por allá del siglo XII, sin embargo, hoy les voy a relatar la historia de quien alguna vez fuera un ser humano y que es responsable de tantas cosas que pasan en este mundo.

Hoy, que la gente voltea y se pregunta “¿por qué pasa esto?, ¿por qué ya no se comparte como antes?, ¿por qué la gente ya no se ayuda?” y por eso creo necesario darles a conocer esto que pasó hace miles de años.

Hace mucho tiempo, en uno de esos primeros asentamientos en que los hombres comenzaron a reunirse para vivir en armonía, cuando pensaron que podían convivir tranquilamente, apoyándose los unos a los otros y existían condiciones que indicaban que el funcionamiento de la sociedad sería justa y sin que hubiese problemas, vivió una mujer llamada Miseria.

Miseria tuvo la mala fortuna de ser una mujer solitaria, que poseía bienes materiales en exceso a los que realmente necesitaba y vivía con el miedo de perderlos. Por ello, de buenas a primeras, mandó levantar muros al rededor de su casa y de los terrenos que la rodeaban, los cuales, alegaba, eran de SU propiedad.
Ante el asombro del resto de las personas que se encontraban conviviendo en armonía, Miseria decidió encerrarse en su casa, detrás de esos muros y no aportar absolutamente nada a los demás.

Para mala suerte de la comunidad, dentro del jardín de Miseria quedó el único árbol que conocían que daba un fruto especialmente sabroso, que encantaba a pequeños y mayores por igual, y que utilizaban como postre común, porque era un deleite común.

Por ello, una comitiva se congregó y se acercó a la puerta de Miseria para pedirle que les permitiera bajar la fruta de ese árbol, que ya estaba madurando y que tanto les gustaba a los pobladores del lugar. Miseria se negó a hacerlo y sin más, cerró la puerta de su casa de golpe.

Así pues, pasó la primer temporada en que la gente se privó del placer de comer de ese delicioso fruto y, cuando el mismo estuvo maduro, cayó al piso, dentro del jardín de Miseria y ésta, antes de permitir que los gusanos se comieran SU fruto, se lo comió.

Pasaron muchos años, Miseria envejeció y la gente del lugar se resignó a ver que no compartiera nada con ellos, sin embargo, una nueva generación de niños llegó y ellos (que no tenían idea de por qué no podían tomar de ese fruto que tanto se les antojaba), un buen día se reunieron junto al muro de Miseria y se organizaron de tal manera que los más grandes trepaban por le muro, cortaban el fruto y lo aventaban a los más pequeños, quienes los recogían y, después de cubrir la ración de todos, se marchaban.

Así pasaron uno, dos, tres días, sin embargo, Miseria se percató de lo que pasaba y a la primera que vio a los niños robándo SUS frutos, salió, les lanzó pedradas, los insultó, pero los niños, más ágiles que ella, salieron corriendo con todo y frutos.

Fue así que, un día (en que Miseria seguía encerrada en su casa, sin compartir nada con nadie, sola, pero atesorando y cuidando SUS bienes), llegó a tocar la puerta de Miseria un viejo mago, vestido con harapos.

Cuando Miseria abrió su puerta, el viejo mago le contó que llevaba mucho tiempo viajando, que no tenía comida y que le pedía algo de alimento; el viejo mago también le confesó a Miseria que si le daba alimento para seguir su camino, él se lo sabría agradecer. Miseria, viendo que no estaría dando nada gratis le dio algo de comida echada a perder al viejo mago, quien, sin importarle eso, devoró todo lo que tuvo enfrente.
Una vez que hubo terminado, el viejo mago le dijo a Miseria: “tú has cumplido con tu parte, ahora yo cumpliré con la mía, soy un gran mago y te concederé UN deseo”.
Miseria, sin meditarlo, le pidió al mago que hechizara el árbol del que colgaba SU delicioso y exclusivo fruto, para que todo aquel que lo tocara, quedara pegado para siempre.
El mago, sorprendido por el deseo de Miseria le dijo: “está bien, tendrás lo que pides, pero, de manera previsora, te diré las palabras mágicas que permitan liberar a todo aquel que quede pegado al árbol”.
Miseria, que nunca pensó en ocupar esas palabras, se molestó con el mago y lo sacó a patadas de su casa.
Así pues, llegó la tarde, y, como los días anteriores, los niños de la comunidad se reunieron junto a la pared del jardín, se organizaron los mayores, alistaron a los menores, treparon unos por el muro y los otros esperaban, sin embargo, grande fue la sorpresa que se llevaron los niños que subieron al árbol y que quisieron tomar el fruto y se vieron de repente pegados al mismo. Como es de imaginarse, los niños más chicos vieron lo que pasaba y salieron corriendo despavoridos, mientras que en su casa Miseria se burlaba de los que quedaron atrapados.
Cuando los padres de los niños atrapados se enteraron de lo sucedido, llegaron corriendo a la casa de Miseria y le preguntaron que qué había hecho con los niños, a lo que Miseria respondió que ella no había hecho nada, que sus hijos tenían un castigo por haber trepado por SU muro y haber intentado robar SU fruto, Ante esto, algunos padres intentaron salvar a sus hijos y treparor el muro, tomaron a sus hijos, pero al ver que no los podían despegar, se apoyaron en el árbol y también quedaron pegados. Miseria obviamente estaba muerta de risa y se fue a dormir.
Pasaron varios días y la gente que estaba atrapada en el árbol comenzó a sufrir, a quejarse, a lamentarse… tanto, que desesperaron a Miseria, quien, fastidiada por lo que pasaba, decidió liberar a la gente atrapada al árbol para que dejaran de quitarle el sueño.
Fue así que la gente conoció a Miseria y supo de lo que era capaz, pero una noche oscura, en que todo trascurría en santa paz, llegó a la puerta de Miseria, un personaje singular: La Muerte.
La Muerte, que antes era muy educada y avisaba cuando llegaba, le dijo a Miseria: “Miseria, esta noche es la noche en que tu Vida llega a su final y te irás conmigo”.
Miseria, que no estaba preparada (como casi nadie lo está) para dejar este mundo material, se mostró muy asustada y le pidió a La Muerte un favor, que le permitiera comerse uno de los frutos que daba su árbol, La Muerte, que en ese entonces también era muy confiada, aceptó la petición, a lo que  Miseria le pidió como favor que fuera ella, La Muerte, la que le bajara el fruto más hermoso, más jugoso del árbol que estaba en su jardín.
Así las cosas, La Muerte se dispuso a complacer a Miseria y, como era de suponerse, se quedó atrapada en el árbol.
“Pero Miseria, ¿qué has hecho? Tienes que liberarme de inmediato” gritaba La Muerte, pero Miseria solamente se dio media vuelta y se fue, pensando que mientras La Muerte estuviese pegada a SU árbol, ella estaría bien.
Pasaron días y días y La Muerte permanecía pegada al árbol de Miseria, mientras tanto, el mundo era un caos porque la gente no moría, había enfermos cansados, que no se curarían de sus males y sufrían por lo que pasaba; ancianos que esperaban que llegara su hora y no se iban; batallas interminables en que nadie ganaba nada, porque la gente luchaba y salía muy lastimada, pero no había ningún muerto.
Así, después de algún tiempo, la gente se enteró que Miseria tenía atrapada a La Muerte y rodearon su propiedad, suplicándole que dejara que los enfermos y los ancianos descansaran, que liberara a La Muerte, para que la Vida siguiera su curso.
La Muerte misma pedía a Miseria que la liberara, para que ella siguiera cumpliendo con su deber, a lo que Miseria le dijo que solamente la soltaría con una condición, que La Muerte prometiera que nunca iría por ella, porque quería ser inmortal.
La Muerte, pensando que no importaría mucho dejar a Miseria en el Mundo, accedió a su petición y, cuando se vio libre, se fue de ese lugar para nunca más regresar.
Hoy en día la Miseria vive entre nosotros, haciéndose presente cada día de manera más notoria, hay quienes aseguran incluso que la han visto sentada, a la sombra de mucha gente que padece cosas inimaginables, porque así es como ella se siente feliz.


 


 

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